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RELATOS DE LUCRECIA
LUCRECIA Y SUS AMANTES III
Conocí a Rodolfo cuando entré a trabajar en un buffet de abogados. Era uno de esos jóvenes de carrera brillante y vida personal irreprochable. Tenía unos 35, estaba casado con su eterna novia, tenía un hijo de tres años, y se comentaba que debía su puesto y su dinero a su mujer.
El primer día de trabajo, una vez de haber visto disimuladamente cuando me tomaron la entrevista, cual sería mi entorno (un par de gays, una vieja, una chica dulce y Rodolfo, además del director del estudio, un señor bastante insignificante que además no estaba nunca), decidí vestirme con unos pantalones de seda negros modernos con la cintura a la altura de mi huesito dulce por detrás y rozando mi triangulito por delante. Encima, una remera negra escotada que dejara ver mis grandes tetas me pareció ideal. Para desformalizar, aunque no tanto, tratándose de abogados, me puse unas sandalias bajas. Apenas llegué, sentí los ojos de Rodolfo clavarse en mi escote. Lo demás, fue dándose solo. Él cayó rendido ante mis variables formas de seducirlo, la insinuación, la indiferencia, la intolerancia hacia él y sus comentarios conservadores, su vida familiar. Después, tuve un problema personal y él se acercó para reconfortarme. Enceguecido, me confesó su obsesión por mí desde que me había visto. Estaba obsesionado con mi cuerpo, quería comérselo, dijo. Lo miré con desagrado y le recordé a su familia. Hago lo que quieras, me dijo. Los dejo, nos casamos, lo que quieras. Ok. Le dije. Lo cité a mi casa a las 21.30 (ya me había librado de mis padres y de Fredy que me pasaba todos los meses una suma considerable que me permitía alquilar un departamento enorme con vista a la ciudad) esa misma noche, para cenar. Le dije que antes, quería que le contara a Margarita, su mujer (una mujer seria y gris de unos 30, muy delgada y desaliñada) todo lo que me había dicho esa tarde. Y que le avisara que no volvería a dormir esa noche porque cenaba conmigo. Y también, le dije, anticípale que serás mi esclavo. Me miró embobado. Sí, sí, respondió enrojeciendo.
Esa noche lo esperé con una pollera negra tableada, un corsé negro, sandalias de taco, medias de red con ligas y sin talón. Llegó puntual (era lo menos que esperaba) y visiblemente nervioso. Le pregunté cómo había ido todo con Margarita, mientras me sentaba frente a él abriendo las piernas. Sin dejar de mirarme y tartamudeando, me dijo que se había puesto como loca, pero que iba a hacer cualquier cosa para que él no la dejara. Me pareció una idea brillante de su parte. La humillaría. Qué más. Después, mientras hacíamos la sobremesa, Rodolfo me hizo una confesión, me habló de su impotencia (con Margarita le había llevado un año lograrlo, y aún después, era muy rara la vez que podía). Lo miré despectivamente y le dije que no admitía esclavos impotentes. Después le pedí que se desnudara. Estaba tan limpio, claro y planchado. Una vez desnudo, vi que su pene no era gran cosa, pero podía servir. Le dije que se acostara en el suelo y sentada en el sofá, empecé a acariciar su aparato con mi sandalia. Le puse el taco de la otra en la boca, y empezó a pasar su lengua por él. Después le di para que lamiera la suela, mientras mi otro pie pisaba ahora su pene que empezaba a engordar. Me saqué las sandalias y hice lo mismo con mis pies. Pareció volverse loco con mis dedos, agarró mi pie con las dos manos y se lo metió entero en la boca como si se tratara de un caramelo. Su lengua jugueteaba entre mis dedos. Me encantó eso. Mi pié amasaba su pito que ya estaba listo para cualquier afrenta. Se lo dije. Se disculpó por no ser impotente, me reí. Después me levanté y me desnudé lentamente, quedando solo con la tanguita negra transparente y las medias. Volví a calzarme los tacos. En cuatro patas, como una gata, fui hacia él dejando que pudiera ver mis tetas en movimiento, mi cintura, mi cola. Así, me senté mientras yo misma acariciaba mis tetas en su rodilla, en su pito que creció inflamado, en su pecho. Le había prohibido tocarme, así que tenía las manos agarradas detrás de la nuca. Me suplicaba que me acercara a su cara, mientras sacaba la lengua. Te voy a mostrar todo bien de cerca, le dije, pero solo se puede oler. Sin tocar, le dije. Después suavemente acerqué a sus ojos y a su cara, primero mis tetas, una, luego la otra, y se apuró para olfatearlas, haciéndome un poco de cosquillas con su respiración. Estaba extasiado. Ahhhh, ahhhhh, qué exquisito decía. Le ofrecí, para que sintiera de cerca, mi ombligo mientras raspaba intencionadamente con mi pelvis su pera. No me toques, le dije. Perdón, por favor, me dijo. Entonces, le di lo que quería, despacio le fui poniendo mi pelvis primero, y mis labios vaginales después, a la altura de su nariz. Me olía en partes, o de una vez y bien profundo. Deliraba. Ahhhh, ahhhhh, que hermosura todo esto, decía. Pero fue demasiado para él. La baba le caía por la comisura de los labios, y me miraba excitado. Mis labios vaginales húmedos despedían un olor muy característico a milímetros de su nariz mientras yo me acariciaba las tetas mirando hacia el techo. De repente, levantó la cabeza enardecido y enterró su nariz en mi tanga trasparente oliendo mi concha con mucha fuerza. Sentí como si su nariz fuera a absorber todos mis flujos a través de la tela y también su lengua aventurándose, siempre sobre la tanga, hacia mi ano. Le tiré del poco pelo que tenía en la cabeza hacia el piso. Te dije que no! Después me levanté y le dije que durmiera en el piso, desnudo, que iba a salir a encontrarme con Claudio, otro esclavo. Que ya sabíamos que no era impotente y que mañana íbamos a demostrárselo también a su mujer. Nos veríamos al día siguiente (sábado) a las 17 hs. Que arreglara que su mujer estuviera presente, pero no el hijo.
Después me fui al apartamento de Claudio. Habíamos quedado a las 23. Llegúe y me esperaba desnudo con las margaritas preparadas. Era un esclavo modelo. Me senté cómodamente en el sofá con mi margarita, mientras Claudio se acurrucaba a mis pies. Me sacó las sandalias y empezó a masajearme los pies. Se sentía muy bien. Le hablé del pobre Rodolfo mientras su lengua recorría la planta de mi pie derecho y me masajeaba el otro. Sentí en la presión y la intensidad de su lengua y sus manos, que estaba un poco celoso. Me levanté y me desnudé quedando sólo con el tanga, aún brillante de mis flujos con Rodolfo. Le dije que Rodolfo no había podido saborear lo que él ya conocía. La cara se le encendió. Volví a sentarme en el sofá, con las piernas bien abiertas, y Claudio enterró su cara en mi tanga. Me respiró mucho mejor que Rodolfo. Pasó su lengua por el borde, delicado, y me pidió permiso para quitármela. Como respuesta, levanté la cadera y los labios de mi concha quedaron pegados a los suyos, tiró el hilo del tanga con los dientes, y me lo sacó. Tenía todo el manjar dispuesto jugoso para su boca. Separé lo más posible las piernas, me recosté en el sofá y Claudio se dedicó a recorrer con su lengüita toda la piel cercana al sexo, mis pelitos, mis muslos, la parte baja de mis glúteos. Después me agasajó dándome unos lengüetazos largos desde el ano hasta la vagina donde me penetraba con movimientos cortos y rápidos, y de ahí pasaba a mi clítoris, lo aprisionaba con sus labios y lo movía de un lado al otro con su esponjosa lengüita. Con los ojos cerrados, saboreando el margarita, pensaba en lo bueno que era tener a Claudio. Sentía como me lamía, era como un perrito. Me chupaba como si dispusiera de toda la vida para hacerlo más y mejor. Sus mamadas eran expertas y su forma de saborearme encantadora. Subí mis pies al sofá para ofrecerle también mi hermosa cola, mientras pensaba en la mejor forma de llegar al orgasmo. Claudio se tragaba todos mis flujos, y se relamía glotón. Comenzó a pasarme la lengua por la raya y, como si fuera una anguila, me la metía bien dentro del ano. Me estaba comiendo el culo a las mil maravillas. Aproveché para masturbarme, mientras la lengua de Claudio entraba y salía complaciente de mi ano abierto como una flor. Cuando sintió que se aproximaba, me agarró con las dos manos y enterró toda su cara en mi culo mientras su boca me tragaba hambrienta. Cuando me vine, (Claudio sabía que no podía beberse mis orgasmos) esperó una indicación y le dije que mientras dormía, me limpiara bien todos los restos de líquidos con la lengua. Antes, oriné en su boca, como siempre, y me dormí mientras lo sentía trabajarme los muslos. A la mañana siguiente, desperté boca abajo, sintiendo la lengua de Claudio en mi ano. Me di vuelta y abrí mis piernas para darle el primer orín de la mañana que le gustaba tanto. Lo bebió embelesado y después me limpió con su lengüita. Mientras me vestí, le pedí que me acompañara a casa, porque quería que limpiara todo bien, como todos los fines de semana. Se puso la ropa para trabajar en casa (unos joggings y una remera desteñida que le quedaba corta) y fuimos a mi apartamento.
Era cerca del mediodía y no esperé encontrarme con Rodolfo ahí. Estaba arrodillado (seguramente había escuchado el ruido de la llave) y con la cabeza baja. ¡Aún desnudo! Entramos y le pregunté por qué no estaba en su casa preparando todo para recibirme esa tarde para tomar el té. Me dijo que no quería irse sin verme de nuevo. Pobrecillo. Me acerqué y le toqué la cabecita. Me miró agradecido. Le presenté a Claudio que ya se había puesto un delantal y se preparaba para comenzar la limpieza. Se miraron tímidamente. Llamé a Claudio que también se arrodilló a mis pies con la cabeza baja. Pedí a Claudio que antes de comenzar me bañara y a Rodolfo que nos acompañara para ver si aprendía algo. Claudio llenó la bañadera y le puso esencias y sales, después me desnudó, mientras Rodolfo miraba molesto, arrodillado al lado de la bañadera. ¿Qué pasa?, pregunté. No me contestó y bajó la mirada. Le di uno de mis pies para que lo limpiara, mientras Claudio arrodillado detrás de mí enjabonaba mis redondas tetas. Rodolfo se apresuró en lamerme el pie, que le quité indignada. Entendió y comenzó a lavarme suavemente con una esponja, los pies y las piernas. Yo estaba muy relajada, con mis dos muchachos bañándome. Cuando decidí que había terminado, Claudio trajo la toalla y comenzó a secarme desde los pies, y Rodolfo se quedó arrodillado mirando, con el pito parado. Es hora de que vayas a tu casa a preparar todo, le dije. Se levantó contrariado y se fue al living a vestirse. Tomé a Claudio de la mano y lo llevé al comedor. Le dije que se sentara bajo la mesa. Me senté desnuda en una silla y subí las piernas sobre la mesa dejando a merced de Claudio toda mi intimidad. Se lanzó a comerme (nunca me había tenido tantas veces en tan poco tiempo) mientras Rodolfo miraba muy angustiado la escena. Lo observé mientras Claudio introducía su lengua voraz en mi choncha y decía, atragantándose, (era mágico, callaba siempre salvo cuando sabía que tenía que hablar) - Deliciooooooooooooso, riquiiiiiisimo, te voy a chupaaaaaaaaar tooooooooodaaaaaa.... Rodolfo estaba a punto de llorar. Después se fue y aparté con un empujón a Claudio. Me fui a ver TV mientras él limpiaba todo mi apartamento.
A las 17, me presenté en la casa de Rodolfo, una casa bien puesta. Me atendió él mismo, con una sonrisa idiota. Yo me había puesto un vestido a crochet de color blanco, todo caladito, que dejaba ver unos interiores de lo más apetitosos. Mis tetas y mi cola estallaban debajo del tejido. Entré sin mirar a Rodolfo a la casa y vi que estaba todo dispuesto para el té. Le pregunté por su mujer. Me dijo que estaba en la pieza del niño (que no estaba, tal como yo había pedido) porque no quería vernos. Me reí de la ingenuidad de Margarita. Le pregunté si la pieza del niño tenía llave y como suponía, no. Así que le pedí que abriera la puerta y le prohibiera a Margarita cerrarla, y que nosotros haríamos lo nuestro, en la cama matrimonial, en la habitación junto a la del niño. Hizo todo sin chistar. Lo oí gritarle a su mujer que sollozaba histérica. Yo fui a su habitación, que estaba bien, y me senté en la cama. Me quité los zapatos blancos charolados, y esperé. Rodolfo llegó y cuando me vio, instantáneamente empezó a quitarse la ropa. Quedó desnudo con un pito muy erecto. Le dije que se acercara de rodillas. Lo abracé y apreté su cara fuerte contra mis enormes tetas. Alterado, empezó a besarme el vestido. Lo empujé y me lo saqué lentamente, poniendo delante de sus ojos, mis tetas en un corpiño blanco de encaje precioso y mi tanga de encaje blanco, apenas un triangulito. Empezó a mamar mis tetas abriendo enormemente su boca, como si quisiera tragárselas. Desprendí el corpiño y enceguecido se dedicó a sorber, chupar y lamer todo al mismo tiempo juntando mis tetas con las dos manos. El cuello, los hombros, las tetas, las axilas, todo pasó por su famélica boca. Subiendo la cadera, le indiqué que podía sacarme el tanga, y me recosté hacia atrás, bien cómoda, en su cama triple. Estiré los brazos hacia atrás, curvando mi cuerpo como una bailarina erótica, mientras Rodolfo ansioso me quitaba la prenda sin dejar de lamerme la cintura, el vientre, la pelvis. Abrió suavemente mis piernas y me miró unos minutos, estaba turulato, después me olió dulcemente, me aspiró, me respiró, y con timidez, acercó sus labios a mi conchita mojada. Chupó mis labios, suave y dedicado, y gemí de placer (para que Margarita oyera y viniera a ver). Puse mis pies sobre sus hombros, dándole una mejor perspectiva y una mejor profundidad de mi concha y mi cola. Estaba maravillado y deseoso. Se sepultó en mi cuevita, y me sorbió con deleite. Su lengua inexperta iba y venía por mis labios, sus besos demoraron en llegar a mi clítoris, cuando lo hicieron, aproveché para tomarlo de los cabellos y enterrarlo. Ahhhhhh, grité, así, mássssssssss, másssssss. Tal como había previsto, vi a Margarita parada en la entrada de la habitación mirando cómo su maridito impotente me comía afanosamente la concha, arrodillado en el piso, con el pito bien erecto. Rodolfo concentrado en beberse todo de mí, no la vio, yo miraba sin mirarla directamente, con los ojos entrecerrados y sin dejar de gemir tirando del cabello a Rodolfo. Era el momento indicado. Tomé el cuello de Rodolfo para tenerlo lo más adentro posible, y empecé a cogerme su boca, su lengua tomó el ritmo y entraba y salía de mi concha, lo apreté para que no se alejara arruinándome el orgasmo y lo froté hasta que vino y estallé en alaridos, siempre chequeando que Margarita siguiera parada ahí. Cuando terminé, Rodolfo me limpió bien todos los restos de flujo, mientras me acariciaba las piernas o las tetas. Me puse en cuatro y le dije en tono mimoso: Comeme la colita. Se lanzó como loco de rodillas aún en el piso a recorrerme el culo con la boca, la lengua, los labios. Me dejaba muy mojada, tenía mucha saliva. Estaba yo ahí, como un hermoso felino, brillando entre las piernas, los muslos y el culo, toda baboseada por un mamador bien caliente mientras su mujer nos miraba. Le dije que me metiera el pito en la concha. No pudo creerlo. Me la metió así, al mismo tiempo me lengüeteaba la espalda. Vio a Margarita, pero eso no lo desconcentró. Pareció darle ánimo. Me di vuelta y me cargó sobre sus caderas. Me cogió como si fuera una niña, en alzas, chupando mis tetas como podía.
Después se sentó en un sillón (ahí le dije cómo incluir a Margarita) y yo me senté sobre él cabalgando su pito. Arrodillate, lameme los huevos y el pito, gritó. Su mujer obedeció, o estaba caliente con el nuevo marido viril o yo le gustaba. Margarita se arrodilló a lamerle los huevos, mientras yo lo cabalgaba. Rodolfo me sostenía de los cachetes del culo y se tragaba mis tetas saltarinas. Sentía la cara de su mujer tan cerca..., le dije algo más en el oído, Rodolfo gritó ahora ¡Comela, comele la concha a Lucrecia, todooooooodddaaaaaaaa......!!! La esposa de mi amante me estaba lamiendo también, se sentía bien, pero nada extraordinario. Cabalgué hasta terminar. Rodolfo terminó también pero obviamente fuera de mí y en la boca de su mujercita que se tragó todo. Después el se arrodilló para limpiarme la concha con la lengua. Me vestí (siempre sin mirar a Margarita que para mí no existía) y me fui.
Volví muchas veces más, Rodolfo me adoró de toda forma posible, siempre delante de su mujer, porque esas eran mis condiciones. Tenía prohibido tener relaciones con ella. De todas formas, creo que no podía. Dejé de trabajar en ese estudio, y no nos vemos seguido. Me llama sí, al menos una vez al mes, me ofrece casamiento, su lengua, dinero, la esclavitud suya y de Margarita, pero generalmente se me complica o tengo otros planes. De todas formas, siempre fui generosa con ellos. En definitiva, dejé que Margarita se tomara puntualmente y en cada oportunidad, la leche de su sumiso maridito.
Autor: Lucrecia
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